El blog del Dany

cuento

Me persiguen las bufandas olvidadas

Escrito por danyelchovas 12-03-2013 en General. Comentarios (2)

Aquí os dejo algo que no sé si calificar como amasijo de versos, cuento versado, o "paranoya" sin más... El título se lo escuché a una amiga, y los sentimientos los tomé prestados de las musas... En fin, que os guste... No olvidéis la bufanda...

Me persiguen las bufandas olvidadas


En la percha del bar cuelga una bufanda solitaria. Cada vez que entro en el bar, mi café se remueve automáticamente, mientras miro la prenda y me imagino su historia. Su imagen me envuelve con ambas puntas apuntando al suelo, como una mueca eterna de tristeza en tela.


En mi perchero cuelgan las mías, me refiero a mis bufandas, claro, mis tristezas cuelgan en letras. Como decía, penden del perchero como hojas de sauce llorón, simulando tocar con sus flecos la punta del suelo, en un alarde de flexibilidad.


Me provocan sentimientos ambivalentes. Me gusta perderlas a veces, las bufandas, digo, porque así al recuperarlas me pasa como contigo, que tienes cosas que contar de otros lugares, y tu piel tiene el tacto de otros aires. A veces me siento frío y echo en falta su vuelta, de las bufandas, digo, y quiero que vuelvan. Como me pasa contigo, que al tiempo de no saber de ti, parece que me falta algo. Afortunadamente, las redes sociales entretejen lazos y los encuentros esporádicos me confortan y envuelven en el calor fugaz de un encuentro.


Me las pongo a veces, y a veces me encantaría olvidarlas, a las bufandas, digo, para no ahogarme. Me siento perseguido por las bufandas olvidadas. A mí, que nunca me gustaron las ataduras ni los complementos, que no aguanto los colgantes, las pulseras, los anillos ni los compromisos, se me aferran esas tiras de tela suave, se me enredan al cuello, me rascan cuando no me afeito, pero me agrada su tacto en los días fríos, envolviéndome. Es una sensación extraña, sentirme rodeado de caricias de las que, en otro tiempo, hubiera querido escapar.


Más o menos, me pasa como contigo, que en otro momento te hubiera odiado, y viéndote un viernes, yo sin afeitar, te habría besado hasta arañarte la piel. Sin embargo, te sueño a mi lado un domingo acompañándote a la estación, yo recién afeitado, y tú enlazándote con tus brazos a mi cuello, como una bufanda suave que me envuelve porque me persiguió al quedarse olvidada en una percha.


Eso reconforta, aunque sólo sea un sueño que me abriga, que me hace sonreír al ver mis bufandas colgadas del perchero, y que suaviza la nostalgia al ver la bufanda olvidada en el bar, como un amor abandonado.

Como dos gotas de agua

Escrito por danyelchovas 27-01-2013 en General. Comentarios (1)


Llevaba un tiempo con la paranoya goteándome en la cabeza... Que os guste

 

Como dos gotas de agua

 

¿Qué sentiría una gota de agua si se personificase? Se sentiría personificada, supongo… La realidad a través de una gota de agua se ve deformada, transparente, pero con color, descomponiendo arco iris…Una sola gota de agua pasa por tantas vidas…

 

Puedes sentirla emergiendo de tus adentros hasta asomar por el lagrimal de tu ojo. Habrá quien diga que está compuesta de otras sustancias, y quien la atribuya propiedades emocionales de tristeza o felicidad. Pero tú sólo puedes observarla a través del espejo mientras resbala por tu mejilla, surcando la curva de la comisura de tus labios, llegando al precipicio de tu barbilla y lanzándose al abismo del lavabo, cayendo desesperada hasta desaparecer por el sumidero.

 

La misma gota de agua que se presume nacida de un sentimiento puede mezclarse con otras congéneres hasta formar la corriente que recorre las oscuridades del submundo por cañerías, pozos y desagües, apropiado destino donde evadirse en el río hasta la inmensidad del océano, sintiéndose perdida y sola aún rodeada de la monstruosidad de su misma materia.

 

Desarraigada, esa gota viajera puede sufrir la transformación de estado, evaporándose hasta notarse subir, levitar, flotar y desvanecerse, siendo arrastrada por el viento sin control sobre sí misma. Puede que con suerte la gota acabe siendo parte de una nube rota, que a ratos cubra un sol asfixiante. Acabando por ser rechazada, renegando el conjunto de su fría humedad, puede que la gota se derrame en forma de copo, brillando y a la vez deslumbrándose con el resplandor de la blancura de alguna cercana cumbre.

 

Puede ser a ratos feliz cotidianidad momentánea, torrente de deshielo que irriga los campos y los cubre de rocío. Con suerte puede que se pose en alguna piel viajera, que penetre en los poros, dejando húmedos recuerdos y puede que acaricie otros cuerpos, anhelantes de humedad. Pero con la costumbre llega el hastío.

 

Deformado y acorchado, el mundo, como unos labios humedecidos por otros labios demasiado tiempo, se siente reblandecido, pero en perfecta armonía... La gota de agua ha pasado por todo un ciclo, y no sabe dónde va, y lo que es peor, cuándo parará.

 

Qué complicado sería para la misma gota el mero hecho de aflorar de nuevo en forma de sudor, estrellarse contra un charco, y mezclarse con el resto de sí misma en un abrazo húmedo.

 

O peor aún, evaporarse de nuevo y precipitarse contra el cristal de una ventana, resbalar hacia abajo, en lucha feroz por cruzar su camino con otras gotas. Quizá pueda unir su recorrido con otra gota igual a ella, que puede que haya recorrido viajes parecidos al suyo, y que muestre su realidad igualmente deformada, descompuesta en reflejos arco iris. Puede que ambas gotas acaben formando una V que se convierta en una Y tan imperfecta como la que une dos nombres al otro lado del cristal, dibujada tras el vaho de un aliento.

 

¿Qué iba a decir la gente?

Escrito por danyelchovas 09-02-2010 en General. Comentarios (2)

 

Un cuento para papá y mamá...

 

¿Qué iba a decir la gente?

 

El herrero sale a trabajar al sol. Siempre lo hace. Es 1950, la electricidad es un lujo. No se puede desperdiciar la claridad. Una buena visibilidad ayuda a un mejor acabado en el trabajo. Esa, al menos, es la razón que él aduce para trabajar el hierro a la intemperie, incluso en el frío invierno. Porque…

 

¿Qué iba a decir la gente? Si se enteraran de la verdadera razón, le costaría el empleo, y el honor. ¿Cómo explicar que todos los días de sol, la sirvienta del palacete cercano pasea a la niña de sus señores? Si alguien supiera que el herrero anhela el sol, por ser el foco que alumbra a su amada… ¿Dónde quedaría su reputación?

 

La criada de los señores del palacete saca de paseo a la niña. Es bueno que la niña, enclaustrada en la casa, reciba los rayos de luz sanadores del sol. Eso, al menos, argumenta con el cuello humillado ante su señor. Eso mismo arguye ante la señora, con la cerviz doblada. Porque…

 

¿Qué iba a decir la gente? Si supieran que en cuanto clarea el cielo, sueña con ver al herrero en la puerta de su fragua. Los fuertes brazos moldeando el hierro, las manos rudas embelleciendo el metal… ¿Cómo confesar que desea que jamás llueva, que se agosten los campos, antes que dejar de ver a su amor?

 

El encuentro es fugaz, y tenue. La criada saluda con voz tímida, y el herrero responde al cuello de su camisa. Al pasar, la criada esconde una sonrisa y un rubor. El herrero levanta una ceja, y oculta un suspiro con un golpe al hierro. Incandescentes, el amor y el metal brillan, aún sin aparente causa.

 

Los paseos se repiten hasta que la atmósfera se carga. Llegan días de tormenta y frío. La luz se apaga, y también la esperanza. Cada rato de invierno es un suplicio. La criada se siente encerrada en el castillo. El herrero arde al calor de su hoguera. La niña llora mirando a la ventana. Acaricia a su gato. Se enfada, y el cascabel del minino es aplastado por manos diminutas.

 

Pero al poco, el sol renace, y florecen ilusiones. El paseo se invierte en la tarea de arreglar el destrozo. El cascabel es depositado en las manos del herrero. La criada devuelve la sonrisa, y el escalofrío. El herrero cincela un nuevo avisador, y parchea su deseo con el regalo, y la caricia. La niña feliz, consigue un nuevo cascabel para su gato. Porque…

 

¿Qué iba a decir la gente? Si supieran que la niña, a su corta edad, entiende más de amores, de suspiros, de honores, de pudores, de necesidades… ¿Cómo enseñar a los mayores que el amor no se funde, ni aún con las más frías lluvias, o los más incandescentes ardores? Si fuera tan fácil, la doncella y el herrero vivirían felices para siempre… Pero… ¿qué iba a decir la gente?

 

Así contaba la niña, ya abuela, la historia a su nieta. Fueron tantos paseos al sol, descubriendo el cariño como espectadora… Fueron curiosos sus ojos al descubrir la pasión oculta entre la doncella y el herrero… Fueron tiempos difíciles, donde, sí obstante, el amor aún se hacía presente… Pero si se supiera… ¿qué iba a decir la gente?

La historia del argentino

Escrito por danyelchovas 11-12-2009 en General. Comentarios (1)

 

Apoyándome en la locura, os dejo este cuento triste. Sueños delirantes, historias que se me entrelazan, personajes que me borbotean... Que os gusten.

 

 

La historia del argentino

 

Claudia mira al mundo con la certeza de que pasa de largo delante de ella. En cierto modo es verídico. El colectivo sigue su trayecto por la calle Corrientes. De pie, agarrada a la barra, sale del centro de Buenos Aires hacia la periferia. Los edificios se mueven a gran velocidad, dejando una estela de color en su retina.

 

Claudia es psiquiatra. Sale todos los días de su casa con el pelo recogido en una cola de caballo, coleta risueña que provoca la desnudez elegante de su cuello y la sensación de que el aire es un lienzo que ella pinta con su pincel color canela. Su pelo brillante coloreando el viento, su andar frágil y sus formas sutiles no hacen adivinar su competencia en su trabajo. A pesar de ser la más joven, es de las mejores, y el director la considera imprescindible.

 

Aunque la cualidad que más destaca en Claudia es que sabe escuchar. “¿Sabés? Nunca nadie había prestado tanto tiempo a escuchar a un paciente como vos”. Claudia recuerda las palabras del director mientras se apea en su parada. La humildad sólo le permite una sonrisa tímida antes de enfrentarse al muro gris que rodea el edificio que se abre ante ella, con un portón enorme y una cámara que la enfoca en la puerta.

 

Sanatorio Mental. “Sólo el nombre ya asusta”, decía su último novio. La dejó porque pasaba “más tiempo con los locos que conmigo, acabarás reloca vos”.

 

Nada más entrar, tiene que enfrentarse a su primer “abordaje”. Fausto quiere enseñarle su último poema de amor. Fausto lleva treinta años en el hospital. Cuando terminó sus estudios de literatura, se obsesionó tanto con escribir el poema perfecto que su vida se derrumbó. De un brillante literato con tendencia al romanticismo, novia, buhardilla en el centro y bohemia, quedó un hombre destrozado, incapaz de hilar una frase con sentido, y de admitir su problema.

 

La frase más repetida de Fausto es “si no saco ese verso de mi cabeza, explotará, ¿no lo entendés?”. Su paranoia es tal, que su familia pidió al juez que le declarara incapaz, y le encerró lejos de toda literatura. Claudia se para frente a él, lee las palabras sin sentido que le ha escrito su enamorado, le susurra un “gracias, es precioso”, y le planta un beso en la mejilla derecha. Claudia siempre dice que es un genio incomprendido, que algún día sus poesías serán plagiadas por chicos para enamorar a sus novias. Fausto opina lo mismo.

 

Al entrar en su despacho, se encuentra con Tina. Como siempre, encontrará algo que no andaba buscando. Claudia la saluda, pero sabe que Tina no contestará. Tina sufre una amnesia aguda y crónica. Cada mañana descubre la vida, y cada cinco segundos se le olvida. Su imposibilidad de llevar una vida normal y ordenada la llevó al sanatorio. Tina habla con ella varias veces al día, aunque al poco tiempo le desaparece cualquier vestigio de recuerdo de la misma conversación. Así que Claudia suele oír un “Hoola, encantada, soy Tina. ¡Qué bonita coleta tienes! ¿Cómo te llamas?” unas seis veces al día.

 

Claudia permite a Tina estar en su despacho, a sabiendas de que está prohibido. Lo más que hará será buscar bajo sus papeles algún dibujo que haya hecho. Además, Claudia está preocupada. Tina lleva unos días dibujando el contorno de sus tijeras en folios. Tiene que indagar qué significa eso.

 

La primera visita oficial de Claudia es a la habitación de Manuel. Recorre los pasillos mecánicamente, hasta llegar a la habitación con el número 113. Manuel la recibe con su mirada triste, sus ojos azules están brillantes, como a punto de llorar.

 

Manuel es español. Lleva cinco semanas internado. Las vendas en sus muñecas muestran un desapego infinito por la vida. Y su cicatriz en el pecho indica que, a pesar de sus escasos treinta años de existencia, ya se ha enfrentado un par de veces a la muerte. En el hospital, a Manuel, por ser el único extranjero, le llaman el Argentino. También le conocen como el suicida del corazón roto.

 

Claudia recuerda el primer día de Manuel, la insondable tristeza que derramaban sus ojos azul claro. Manuel contó ese día cómo siguió a su novia gaucha a la Argentina. Iban en pos de un cardiólogo experto que se atreviera a trasplantarle un corazón de mujer, más a la medida de un pecho frágil y pequeño como el suyo. Él le dijo a su amor de toda la vida que la amaba, justo antes del trasplante. “Si tú no lo quieres lo tiro –le había dicho-. ¿Para qué quiero yo un corazón roto?”. Ella le contestó que le quería, y él ya no quiso operarse. Aún en la camilla, sedado, pidió que pararan, gritó que ya no necesitaba cambiar de corazón. Tarde, cuando lo dijo sus ojos ya se nublaban por el gas…

 

Ella murió esa misma noche. La autopsia reveló grandes dosis de cocaína, a la que era adicta, y un paro cardíaco como explicación más directa. Al enterarse en la convalecencia, con su nuevo corazón casi por estrenar, él enloqueció de dolor y de desesperación. Intentó arrancarse los puntos de la cicatriz que dividía su pecho y abría su parte más espiritual al frío dolor de la soledad, a la corriente con cremallera. Le ataron las manos y los pies. Se revolvió hasta quemarse las muñecas y los tobillos… Su convalecencia por el trasplante le llevó a otra, más incierta, en el sanatorio de Claudia.

 

Ahora, ya más tranquilo, Manuel pasaba los días intentando explicar a Claudia, y a todo el que quiera escucharle, que su problema tenía fácil solución. Si le dejaban volver a ponerse su viejo corazón, ella volvería… Claudia tiene que parar a veces las sesiones. Todavía no se ha insensibilizado con la historia, y a veces tiene que salir de la habitación y taparse la boca para ahogar un sollozo.

 

Hoy Manuel la saluda con tristeza. El médico le ha vuelto a negar el cambio de corazón, y él ve diluirse las posibilidades de recuperar a su amada. El choque traumático ha dado paso a una fase de aceptación basada en la responsabilidad. “Yo la maté, Claudia. Me quité el corazón que ella quería…”. “Manuel, su adicción la mató, en todo caso tu primer corazón descansa con ella…”. Manuel promete sonreír un día de estos a Claudia. Y ella sigue su ronda de visitas con un nudo en la garganta.

 

La siguiente en la lista es Malena. Está aislada en la sala acolchada desde hace dos días. Malena es una chica joven, de unos veinticinco años, atractiva y muy lista. La vida podría haberla hecho muy feliz, pero por un capricho del destino, Malena fue la única nacida superviviente de un embarazo múltiple. De los tres embriones que se implantaron en el útero de su madre, Malena fue la única que se desarrolló y nació viva. Los otros dos embriones se descolgaron de la matriz.

 

Malena sufrió su primer episodio maníaco a los quince años. Su padre, hastiado por una discusión en la que su hija, de nuevo, perdió los papeles y le llamó impotente, le soltó “No me extraña que mataras a tus hermanos. Eres un mal bicho”. La explicación de su madre no la reconfortó. “Fue una simple selección natural”. Malena rumió esa afirmación, hasta autoproclamarse “la asesina más joven de la historia”. En los primeros momentos, su actitud fue tomada como represalia contra su padre. Posteriormente, como un guiño a su autodestrucción y el sarcasmo para consigo mismo, tan propio de los adolescentes. Pero su estado se agravó, y al episodio maníaco le siguió la más absoluta desidia por la vida. La apatía ante un mundo que la acusaba de asesinato fue más fuerte que la realidad. La alternancia de extremismos en su ánimo empujó a sus padres a recluirla, primero durante algunas fases, y luego permanentemente, en el sanatorio.

 

Claudia intenta hablar con Malena. “Yo les maté. Hermanitos…”, repite insistentemente. Su obsesión con la muerte de sus hermanos ha crecido en los últimos días. La historia del Argentino corrió como la pólvora entre los internos. Cualquier suceso relacionado con muertes altera el ánimo de Malena. Claudia anota en su informe “NO HAY PROGRESOS EN EL ESTADO DE ÁNIMO”, y sale de la habitación visiblemente afectada.

 

Los sucesos de Manuel y de Malena le han trastocado el ánimo. La falta de mejoría, su estancamiento en pensamientos repetidos y destructivos, preocupa a nuestra doctora. Antes de encerrarse en su despacho a analizar historias clínicas, ve a Fe persiguiendo a Gabriel.

 

Fe es una neurótica maravillosa, enamoradiza y locuaz. Su nuevo capricho es Gabriel, el conductor de ambulancias que nunca deja pasar a Claudia por detrás de él. “Sos demasiado bonita para pasarme por la espalda, boluda” le suelta cada vez que intenta esquivarle. Aún no ha asumido que lo suyo fue un revolcón, un apagar la sed del deseo en el cuarto de las enfermeras una nochebuena de guardia. “Se tiene merecido un poquito de Fe”, piensa Claudia. Y se ríe por primera vez en toda la mañana al pillar a Fe, la acosadora, pellizcando el culo a Gabriel.

 

Al cerrar el despacho, ve a Tina colarse por la rendija. “¡Hoola, qué tal, cómo estás?”. Claudia la despacha rápido, aunque Tina quiere pegar la hebra. “Macanudo, Tina, pero tengo que trabajar”. “¿Puedo llevarme las tijeras para recortar mis dibujos?”. “Sabes que está prohibido, Tina” contesta Claudia. “¿Y las de punta redonda?”. Claudia accede, más por quedarse sola que por convicción de que sea una excepción válida.

 

La mañana de Claudia no mejora entre informes médicos. La burocracia es la parte más doliente de su trabajo. Claudia asume su responsabilidad administrativa por mecánica, pero no puede abstraerse de los casos de Manuel y Malena.

 

A media mañana, Tina vuelve, emocionada. “¡Lo he conseguido!” “¿El qué, Tina?”, pregunta Claudia. Sabe que Tina cree recordar cosas que luego suelen ser recuerdos de hace años. Hace poco recordó que Argentina campeonó su segundo mundial gracias a un gol con la mano de Maradona.

”He hecho un favor -sigue Tina-. Le he dado al Argentino lo que me pidió”. Claudia mira a Tina con extrañeza, hasta caer en la cuenta. Su carrera hasta la habitación de Manuel no tiene sentido: La multitud ya se agolpa en su puerta. Gabriel mira con cara desencajada cómo el cuerpo de Manuel, rodeado de médicos, luce una cicatriz en el pecho abierta y sangrante, con los puntos saltados por las tijeras de punta redonda.

 

Fausto, por una vez, se ha quedado sin palabras. Fe ha olvidado a Gabriel, principal motivo de su actual existencia. Tina graba un recuerdo en su mente por primera vez en mucho tiempo. Y Claudia no puede mirar. Aún es mayor su desazón cuando, mirando a la ventana de la habitación de Malena, observa a ésta con la cara en el ventanuco, al tiempo que sus labios silabean las únicas palabras que pronuncia desde hace días “Hermanitos…”.

 

Al salir del sanatorio, Claudia no puede evitar un suspiro. Afortunadamente, Manuel sigue vivo. Los médicos llegaron a tiempo. Acondicionaron para Manuel la otra habitación acolchada. Malena y Manuel apoyarán la cabeza, con su mirada perdida, cada uno a cada lado de la pared. El suicida del corazón roto y la asesina más joven de la historia compartirán pared y sufrimiento.

 

Montada en el colectivo, de vuelta a su casa en el centro de Buenos Aires, Claudia llora. Un hombre a su lado no sabe si osar inmiscuirse. Le ofrece un pañuelo que ella oprime contra su boca y su nariz. “Gracias”, dice Claudia. El señor, enternecido por la imagen de la niña de la coleta llorando, sólo sonríe con ojos tristes, solidario.

El hombre que vivía de espaldas

Escrito por danyelchovas 08-06-2009 en General. Comentarios (1)

Durante mucho tiempo conocí a este hombre. Menos mal que ahora estamos más distanciados. De todos modos, no viene mal volverse de vez en cuando...

 

El hombre que vivía de espaldas.

 

Siempre le habían gustado los asientos de autobús que miraban hacia atrás. De pequeño había algún autobús que le llevaba de su pueblo a ciudades cercanas, y que tenía algunos asientos que miraban hacia atrás. Él procuraba conseguir siempre esa plaza, desoyendo los consejos de su madre: “Te vas a marear…”.

 

Cuando llegó a Madrid empezó a sentarse, siempre que podía, de espaldas a la marcha. Le gustaba ver las calles ya pasadas, los edificios ya superados, las caras reflejadas en los cristales traseros...

 

Su mente también tendía a mirar hacia atrás. Veía las cosas como por encima, no se paraba mucho a pensar. Sólo el tiempo le hacía entenderlas con claridad y formarse una opinión sentada y fundada.

 

Incluso le daban miedo los buenos momentos. A veces, en mitad de esos momentos tranquilos, relajados, entre familiares y amigos… incluso ahí, se alejaba como quien separa el libro para leer mejor. Esos ratos, esos que mucha gente vive para recordarlos, él los recordaba para vivirlos.

 

Nuestro hombre orientado al pasado vivía de espaldas. El presente era para él una pequeña incomodidad que pasar para tener recuerdos. El futuro era como un libro de poesía empezado, del que se desea llegar al final para poder releer los versos que más han gustado.

 

Hasta los sueños de nuestro hombre eran como revisiones de momentos pasados, como “montajes del director” de una película ya estrenada.

 

Hasta que un día, por esos azares de la vida, se encontró con una película ambientada en un futuro lejano. La película mostraba las típicas catástrofes de un planeta condenado por la ineptitud del hombre.

 

La protagonista dijo unas palabras que se le quedaron grabadas. “Confía en el mañana”. Con esa frase en la cabeza, nuestro hombre se fue a dormir. Como siempre, asumió que el poso de la memoria juzgaría si la frase, la protagonista y la película eran dignas de ser recordadas.

 

Pero por una vez, no soñó en pasado. Soñó con los ambientes de la película, en concreto con un precipicio… que se abría justo delante de sus pies. Al otro lado, la protagonista de la película le susurraba unas palabras que, curiosamente, él oía perfectamente. “Confía en el mañana”.

 

A su espalda empezó a levantarse un viento que pronto se convirtió en huracán, con la malsana intención de ser su salvaje empujón hacia el abismo.

 

Nuestro hombre, fiel a su costumbre, se dio la vuelta, y con la negra profundidad a su espalda, intentó luchar contra el viento. La protagonista, aún contra el viento y al otro lado del despeñadero, se hacía oír: “Confía en el mañana”.

 

Pero era imposible. El viento le arrastraba sin remisión hacia la sima. Así que, por primera vez en su vida, decidió mirar hacia delante. Si había que morir, que fuera de frente. Se colocó de frente al abismo, y se preparó para lo peor.

El viento le arrastró hasta el borde. Ya no había escapatoria. Un violento golpe de aire le arrancó los pies del suelo. La impresión fue tremenda. Por un momento el corazón se le encogió más que nunca, y se sintió morir antes de caer. Cerró, los ojos, resignándose.

 

Sin embargo, notó de nuevo suelo bajo sus pies. Extrañado, abrió los ojos. Estaba al otro lado del barranco, junto a la protagonista. Al mirar atrás, se dio cuenta de que seguía al borde del abismo, pero que ahora éste estaba a su espalda.

 

Asustado, dio un paso adelante. El viento le había arrastrado de un lado a otro del abismo. Y ahí estaba, al lado de la protagonista, que volvía a decirle, profética: “Confía en el mañana”.

 

Entonces, nuestro hombre despertó, atónito. Estaba empapado en sudor. No era de extrañar, como tampoco lo era que su corazón retumbara en su pecho. Nunca había soñado nada parecido.

 

Se sentó en la cama, tranquilizándose a sí mismo. “Probablemente una ducha lo arregle todo”. La ducha le despejó, pero en cada sacudida de su cabeza para retirar el agua, una frase le retumbaba en la mente: “Confía en el mañana”. Al salir del baño se sintió relajado, animado, con ganas de empezar de nuevo.

 

Tras vestirse y desayunar, salió a la calle, miró al sol, y se dirigió al autobús. Cuatro palabras habían bastado para cambiarle la vida. Cuatro palabras habían destruido su modo de entender la vida, mirando hacia atrás. Ya no había marcha atrás. El abismo estaba detrás. Sólo le valía seguir hacia delante.

 

Y al montarse en el autobús se sentará en el único sitio en que podrá hacerlo: Delante, mirando al frente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PD: Hoy empieza a trabajar como conductor de autobús.